Una ruta por Albelda y Pelagriñón

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En invierno siempre tratamos de elegir esos días apacibles para salir al monte en busca de nuevos elementos patrimoniales. Y el miércoles 17 de febrero fue uno de ellos, con un plan previamente planificado con Sebastián Agudo y Aurelio Bail. Primero quedamos en Albelda a las 8:30 de la mañana, Maribel Monturiol nos tenía preparadas un par de sorpresas que habían localizado con Miguel Pomar. La primera de ellas fue un nuevo lagar rupestre (que hace el número 10 de los localizados en Albelda) que se encuentra en el camino de Pedreula, sobre una gran roca de arenisca con una curiosa erosión a modo de placas verticales. Subimos a la roca y allí estaba, ya limpio tras un trabajo previo por parte de nuestros guías e informantes. Se trata de un lagar simple, con su pisadera y el laco con pocillo, que dispone además de un encaje en su cabecera donde se ajustaría una palanca para el prensado de la brisa.

Siguiendo el camino de Pedreula, Maribel nos llevó a visitar una pila o pequeño aljibe para el almacenamiento del agua recogida de la lluvia, desconocido para nosotros y fuera de la ruta de alchubs visitables de la zona. Justo al lado de este recipiente cuadrado excavado en la roca nos mostró una especie de pequeña pila redonda bien trabajada cuya función no hemos podido descifrar, pues queda pendiente la tarea de continuar extrayendo la tierra que tiene en el interior.

Otro de los objetivos de la jornada consistía en visitar un aljibe de gran tamaño en el pueblo de Pelegriñón que, revisando por Google Earth los espacios que habíamos visitado en una excursión de la semana anterior, se dibujaba como una mancha rectangular sobre una roca, además de estar localizado en un paraje llamado “El Aljibe”. Siguiendo la situación que nos indicaba el GPS pudimos dar con ese gran aljibe, bastante oculto entre la vegetación, pero sorprendente por su tamaño y factura. Se trata de un aljibe o alchup del formato habitual de los que vemos por esta zona de La Litera, que se encontraba totalmente lleno de agua. Su forma es rectangular, de casi diez metros de longitud y tres de anchura, excavado al pie de una roca gigantesca, con dos canales por ambos lados que sirven para conducir el agua de lluvia que cae en la extensa superficie de captación de la ladera de la roca. Unas escaleras talladas en uno de los extremos conducen al fondo del aljibe, y junto a ellas dos pequeñas excavaciones en forma circular facilitaban el asiento de sendos cántaros durante la recogida de agua. Algunas entalladuras para el apoyo de objetos y unos estribos de acceso desde el camino que une Pelegriñón con Rocafort daban todavía más valor a este lugar de almacenamiento de agua.

Nuestro plan de la jornada se iba cumpliendo tal y como estaba previsto y el destino final estaba en Pelegriñón, lugar despoblado que ya habíamos visitado una semana antes documentando y fotografiando unos interesantes arneros excavados en la roca, en los que todavía quedaban restos de las arnas o colmenas. Esta vez íbamos a la parte superior del roquedo que se levanta encima del pueblo por la parte norte, pues nuestro amigo Rubén Oliver, gran conocedor de estos territorios literanos y de su patrimonio etnográfico, nos había alertado de la existencia de unas cías y de otros arneros. Buscando por la parte superior de todo este montículo que se yergue sobre el pueblo de Pelegriñón encontramos en la ladera una pequeña entrada con su rústico pórtico que conducía al interior de una cueva excavada en la roca. No dudamos en entrar a este pequeño recinto en cuyo suelo de forma circular, justo al lado de la pared donde se había cerrado un hueco abierto al exterior con obra de sillarejos y piedras del entorno, encontramos tallada una pila de unos 50 cm de lado y de más de 40 cm de profundidad. Por la funcionalidad de esa pila y recordando los lagares y bodegas que habíamos documentado por este territorio no dudamos en que se trataba de una pequeña bodega donde se recogía el mosto que se pisaba en el exterior y se recogía en este laco para introducirlo en los toneles que se almacenaran en el interior de la cueva.

Tras la visita de las cías o silos, bastante erosionados y deteriorados, la mañana se había pasado volando. A las tres de la tarde ya no nos quedaba tiempo para recorrer toda esta zona, que hemos dejado pendiente para una próxima visita. Regresamos hasta los vehículos que habíamos dejado en la ermita de la Virgen de la Guardia, y en el atrio montamos la mesa con su mantel, sacamos las sillas, las alforjas y la bota de vino, y disfrutamos de una excelente comida campestre con unas maravillosas vistas hacia las tierras del sur y del oeste.

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