Este lema de una de las primeras campañas de televisión para la prevención de incendios forestales, creada en los años 60, no ha dejado de resonar en mi cabeza durante los días en los que he informado del incendio desde el Puesto de Mando Avanzado instalado en Alcampell.
Cada vez que dirigía la mirada hacia el pinar, hacia ese skyline tan reconocible para los alcampellenses, era inevitable pensar en mi padre, Roberto Gracia Borrás.
A mediados de los años ochenta comenzaron a formarse las primeras brigadas o retenes forestales, integrados en su mayoría por vecinos del mundo rural que conocían el monte como la palma de su mano. En Alcampell, mi padre, junto a Domingo del Faure y Servino, fue uno de aquellos pioneros. Fueron reclutados por Fernando Buenacasa, Fernando Colomo y Damián Moreno, entonces agentes de Protección de la Naturaleza, para formar el primer retén forestal de la localidad.
Nunca vi a mi madre tan angustiada como durante aquellas interminables horas de espera, sin noticias de mi padre mientras combatía un incendio. Y nunca vi a mi padre tan feliz como cuando le comunicaban que el helicóptero les recogería en el campo de fútbol para salir hacia un nuevo fuego.
Regresaba agotado, cubierto de humo y de polvo, pero feliz de haber cumplido con su deber. Entonces, durante varios días, el incendio se convertía en la banda sonora de la familia Gracia Galitó. Cada detalle, cada maniobra, cada anécdota se revivía una y otra vez alrededor de la mesa, hasta que llegaba el relato del siguiente incendio.
Cuántas veces preparó mi madre aquellas «alforjas» con lo imprescindible para salir corriendo en cualquier momento. Y cuántas veces él cruzó la puerta de casa con la ilusión de un niño que se va de excursión. Porque, aunque sabía el riesgo que asumía, volvía siempre feliz por haber podido ayudar.
El monte no era solo el lugar donde trabajaba. Era su hogar. Allí se había criado, allí había aprendido a respetar la naturaleza y allí dedicó buena parte de su vida a protegerla.
Estos días, mientras contemplaba cómo el fuego devoraba parte del paisaje de nuestra comarca, entendí que, para personas como mi padre y para tantos hombres y mujeres que han dedicado su vida a cuidar nuestros montes, cada hectárea quemada no es solo una pérdida ambiental. Es también una herida emocional. Porque cuando un bosque se quema, también arde una parte de quienes lo sienten como suyo.
Desde este altavoz quiero dar las gracias a todas las personas que habéis formado parte del extenso dispositivo de extinción. No os nombro uno a uno por temor a dejarme a alguien, pero cada uno de vosotros merece el mismo reconocimiento.
Mi agradecimiento más sincero a los profesionales que, además de combatir el fuego, han tenido que soportar el dolor de ver arder los montes de nuestra comarca. A los agricultores, que una vez más habéis demostrado ser los mejores conocedores del territorio y habéis luchado para protegerlo. A la Comarca de La Litera, a todos los alcaldes y alcaldesas, a los responsables políticos y técnicos que hemos visto desde el primer momento al pie del cañón, coordinando y apoyando allí donde hacía falta. Y, por supuesto, a todos los vecinos de las poblaciones afectadas que, de una forma u otra, habéis aportado vuestro esfuerzo para defender un bien que es de todos.
Me siento profundamente orgullosa de todos vosotros. Orgullosa de comprobar que, cuando nuestra tierra nos necesita, una comarca entera es capaz de dejar a un lado diferencias, colores políticos y rencillas para caminar unida.
Ojalá esa unión no sea solo patrimonio de las desgracias. Ojalá sepamos conservarla también cuando el humo desaparezca, porque esa capacidad de caminar juntos es, probablemente, la mayor riqueza que tiene La Litera.
Porque el fuego nos ha recordado el valor de nuestros montes, pero también algo aún más importante: la grandeza de las personas que habitan esta hermosa tierra. Y mientras existan personas dispuestas a protegerla como lo hizo mi padre y como lo habéis hecho todos vosotros estos días, siempre habrá motivos para seguir creyendo en ella.
Papa, se me ha hecho muy extraño ser yo unas de las relatoras de las historias ya escuchadas de tus labios.
La imagen elegida es la de las BRIF en homenaje a mi padre, hoy sería uno de ellos.



