Crónicas del colapso

crónicas del colapso(Puedes leer primero la presentación de la serie «Crónicas del colapso»)


 

Târeq tenía 30 años y tenía dos hijos con los que vivía alejado de Kuwait, la capital. Como la mayoría de los kuwaitís su forma de vida estaba basada en el petróleo. Tenía un pequeño pozo petrolífero con el que tenía que subsistir debido a que la empresa petrolífera que lo contrató le pagaba una miseria en comparación al beneficio que sacaba de allí. Pero Târeq cada día se daba cuenta de que algo fallaba; cada vez salía menos crudo y el precio de la gasolina estaba disparado, incluso en las noticias informaban de que el petróleo se agotaba pero las multinacionales no parecían prestar atención.

Aquel 2 de Junio empezaron a llegar camiones del ejército en vez de los habituales de Texaco. Târeq preguntó a un oficial sobre lo que estaba sucediendo pero aquellos oficiales únicamente respondían que él siguiera como si no pasara nada y que continuara extrayendo como siempre.

Varios meses después escuchó que en países como Estados Unidos o Venezuela, habían acabado por completo con las reservas de petróleo. Y que se rumoreaba que Estados Unidos estaba planeando invadir países que aún contaran con pozos activos como era el caso de Kuwait, donde el gobierno había comenzado a construir bunkers a toda velocidad.

La guerra había comenzado, los marines estaban intentando asaltar los bunkers del Golfo Pérsico pero la falta de combustible hacía que el ejército estadounidense no fuera el de otras épocas. Cientos de vehículos aéreos y terrestres fueron abandonados por los militares que se batían en retirada en todos los frentes de batalla… los supervivientes serían evacuados en buques movidos por energía nuclear.

Mientras tanto Târeq podía seguir extrayendo aun sabiendo que no quedaba mucho y empezó a buscar trabajo en la ciudad. Un año después Târeq extrajo la última gota de petróleo y ahí fue cuando se dio cuenta realmente de que la humanidad tenía un problema serio y decidió mudarse a la ciudad de Kuwait. El paisaje que había conocido estaba cambiando: coches abandonados, centrales térmicas cerradas, pozos petrolíferos en quiebra…

Allí empezó a montar con su mujer y sus hijos un pequeño supermercado libre de petróleo… sin envases desechables ni embalajes. Aquello funcionó, la gente se acostumbró pronto.

El planeta sufrió en un cambio radical. Muchos países estuvieron varias semanas sin energía hasta que pudieron diseñar planes de emergencia para conseguir energía limpia sin la necesidad de utilizar materias fósiles, muchos empezaron utilizando energía nuclear o las reservas que quedaban para poder construir infraestructuras tales aerogeneradores, centrales geotérmicas y placas solares para después acabar utilizando sólo fuentes renovables. Islandia se llenó de centrales geotérmicas, España de placas solares, los archipiélagos se llenaron de máquinas que aprovechaban las olas e incluso la ONU organizó congresos con los científicos más brillantes de la época para poner en marcha centrales energéticas más eficientes. Aquí fue cuando la humanidad llego a la cumbre de su tecnología… limpia y segura, la capa de ozono se redujo a mínimos históricos desde 1980 y también la contaminación marítima sobre todo debida a plásticos y residuos de petróleo.

Muchos años después, cuando entraba el nuevo siglo y Târeq era un anciano y sus hijos eran empresarios pioneros en negocios de la era sin petróleo. El viejo echó la vista atrás y se dio cuenta de que cuando la humanidad más cerca había estado de hundirse, había sido cuando se supo dar el cambio para una vida mejor y más limpia entrando en una convivencia estable con el planeta y con el resto de seres vivos. El fin del petróleo había enseñado a hacer de la necesidad virtud.

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