Somos . . . animales incompletos que nos acabamos de hacer por medio de la cultura —y no de la cultura en general sino de formas muy particulares de ella: papúa o javanesa, hopi o italiana, de clase alta o de clase baja, erudita o comercial. A menudo se destaca la capacidad de aprendizaje del ser humano, su plasticidad, pero aún más crítica es su extrema dependencia de cierto tipo de aprendizaje . . . Los castores construyen presas, las aves hacen nidos, las abejas localizan néctar, los babuinos se organizan en grupos y los ratones se aparean, básicamente, a partir de instrucciones codificadas en sus genes y evocadas por patrones apropiados de estímulos externos . . . Pero las personas construyen diques o refugios, localizan alimentos, se organizan en grupos o encuentran pareja guiados por instrucciones codificadas en planos, costumbres, sistemas morales y juicios estéticos: estructuras conceptuales moldeando talentos informes . . .

Nuestras ideas, nuestros valores, nuestros actos, incluso nuestras emociones, son, como nuestro propio sistema nervioso, productos culturales —ciertamente, productos fabricados a partir de tendencias, capacidades y disposiciones con las que hemos nacido, pero fabricados en suma . . . Todos y cada uno de los seres humanos somos artefactos culturales.

Clifford Geertz: «The Impact of the Concept of Culture on the Concept of Man», ‘Monday Lecture’ en la Universidad de Chicago, 1965 [enlace: versión recogida en The Interpretation of Cultures, 1973] (extr. y trad. La Litera información)


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