Poner en un mismo texto los nombres de Joaquín Costa y de alguna localidad de la Litera suele implicar hablar del Canal de Aragón y Cataluña, pero este no va a ser el caso.

En la figura de Costa caben muchas facetas: una de las más interesantes fue su labor como estudioso y recopilador de las costumbres jurídicas en Aragón, así como de distintas formas de colectivismo agrario que se daban en nuestra región. Pretendía con ello ofrecer al pueblo aragonés un análisis de sus creaciones jurídicas, a fin de que este las defendiera y no las dejara perder por negligencia; así como ofrecer a los legisladores una muestra de jurisprudencia consuetudinaria. En este sentido, en 1879~1880 publicó en la Revista General de Legislación y Jurisprudencia la serie de artículos «Derecho Consuetudinario del Alto Aragón». Dicha serie se convertirá en el tomo I del Derecho Consuetudinario y economía popular de España (1902), si bien con numerosas modificaciones y añadidos, típicos en la torrencial producción de Costa. Una de estas adiciones, el capítulo XX «Cultivos cooperativos», retoma el artículo publicado en La controversia en 1895 donde se describe la financiación del Casino Republicano de Binéfar, único caso documentado por el autor en el cual el cultivo en común servía para financiar una asociación privada secular. Vale la pena reproducir estos párrafos del original:

Portada de 'Derecho consuetudinario y economía popular de España' / foto BVDAEn septiembre de 1892 pasé unas horas en la villa de Binéfar (Huesca), estación de ferrocarril confinante con Cataluña, y hubo de sorprenderme la forma adoptada por los fundadores de un Círculo o Casino republicano para dotar su presupuesto de gastos. La escasez engendrada por las pertinaces sequías características de la Litera, había de hacer difícil al mayor número de los socios satisfacer una cuota mensual en metálico para cubrir las atenciones ordinarias de la asociación; y en cambio, se les hacía muy llevadero pagar en trabajo, robado al descanso de los días festivos. En este hecho descansa la hacienda de aquella asociación.

Fundose ésta a principios de 1891. Tomó en aparcería al sexto (que es decir a pagar la sexta parte de los frutos por vía de renta) una tierra de pan llevar, con algunos olivos y vides, y la sembró por su cuenta, ejecutando las labores los mismos socios. En el día señalado acuden éstos «con todas sus fuerzas» —⁠cuatro, tres o dos pares de labor, o uno, los que los tienen, o una mula, buey o asno sueltos el que no posee más, para formar «coyuntas»; los jornaleros y menestrales, sus brazos nada más, armados de escardillo, espuerta, azada, etc.⁠—: algo como una cuota o contribución proporcional, según la fortuna de cada asociado, contra lo que es costumbre general en esta clase de sociedades, donde todos los socios, ricos, pobres y medianos, contribuyen con una cuota igual. Mientras los unos aran el suelo que ha de sembrarse, los otros cortan matojos o apartan piedras, dan una cava a los olivos, arrancan mielga o grama y la retiran a las lindes, limpian o podan los árboles, hacen caballones o zanjas para retener y encauzar el agua de lluvia, etc. El presidente del Casino distribuye y ordena los trabajos. Algunos no van en persona a trabajar y envían en lugar suyo un jornalero. Ya queda dicho que estas labores las hacen en un día festivo; añadiré que no trabajan el día entero, sino tan sólo hasta el mediodía. Los dos, tres o cuatro socios que no hayan podido concurrir a la labor con el grueso de sus compañeros, tienen que ir otro día, ellos solos, a terminar lo que haya quedado pendiente. Para tales efectos, se lleva una lista.

No todas las labores pueden verificarse comunalmente. En Binéfar lo es todo el cultivo cereal, casi nada el arbustivo y el arbóreo. Enclavada esta población en la comarca más seca de España, es condición fatal de su agricultura que aproveche la oportunidad de los primeros aguaceros de otoño para apresurarse a sembrar los barbechos —⁠a crédito de mayores lluvias, que no siempre se logran⁠—, y los primeros calores de junio, que sazonan las mieses en pocos días, para forzar la siega y la trilla, que absorben toda la atención y la vida entera de las familias, sin darles lugar a descansar de noche ni de día. Por esta necesidad que cada uno siente de atender exclusivamente a lo suyo, la sementera en el campo de la asociación no la verifican personalmente los socios, sino jornaleros suyos. Por igual razón, y porque las mieses no maduran en un mismo día en las tierras de todos los vecinos, tienen que renunciar a llevar a cabo la siega por sí mismos en dicho campo común; en el expresado año se había encargado de ella, así como del acarreo hasta la era, uno de los socios, quien la costeó a cambio de la paja; es decir, que la paja sufragó los gastos de la recolección. En años abundantes, la paja puede cubrir, además de ese, el gasto de la trilla, quedando libre para la asociación la totalidad del grano, sin otra merma que el sexto de la renta para el dueño o arrendador del campo. Hay que advertir que la paja tiene fácil salida para Cataluña, adonde se exporta en cantidades enormes por el ferrocarril.

El número de vides en el campo de la asociación era muy corto: el presidente recolectó la uva, y el vino resultante (seis u ocho cántaros) lo consumieron los socios el día de la recolección de la aceituna. Hicieron ésta todos juntos en un rato, que fue para ellos como día de recreo o de romería. Otro tanto habría sucedido con la trilla, sin la dificultad accidental que acabo de apuntar.

La siembra había sido de sesenta fanegas aragonesas de trigo, en la mitad del campo tomado en arrendamiento (la otra mitad quedó de barbecho para el siguiente año). Acudieron tarde las lluvias, y la cosecha no pasó de 29 cahíces (232 fanegas), de los cuales correspondieron a la asociación 25, con un valor de 1.000 pesetas. La aceituna valió 196 pesetas. Con ello reembolsaron el anticipo que les había sido hecho para adquisición de mobiliario, y todavía sobraron 625 pesetas para gastos del segundo año. Con esta experiencia se animaron a tomar en arriendo doble extensión de tierra, y acordaron plantar viña «a terraje» (especie de rabassa morta), al intento de crear una Sociedad de socorros mutuos para casos de enfermedad. Este ejemplo de solidaridad y mutuo apoyo entre personas de tan distinta posición social (desde braceros del campo hasta agricultores con cuatro pares de mulas) merece todo nuestro aplauso y es digno de ser registrado en la crisis que tan hondamente trabaja a la sociedad europea.

Tengo para mí que los organizadores del casino de Binéfar calcaron su plan de hacienda en el viejo modelo que les ofrecían las cofradías religiosas del país. En Selgua, por ejemplo, a pocas leguas de allí, existe un campo de cofradía, que se labra comunalmente, acudiendo los hermanos con sus yuntas cuando son convocados al efecto por pregón público. En Binéfar mismo hubo otra parecida. Según una memoria muy curiosa que el Sr. D. Mariano Molina, ilustrado e inteligente industrial de Barbastro, ha escrito a mi instancia acerca del régimen económico de las cofradías del bajo Cinca, constituye el principal ingreso de algunas de ellas la cosecha obtenida en una o varias suertes de tierra, ya de secano, ya de regadío, que cultivan colectivamente los cofrades, en la misma forma de cooperación progresiva que hemos notado en el Casino de Binéfar.

La financiación del Casino de Binéfar está presente, de forma más resumida, en otras obras de Costa como Colectivismo Agrario en España o La tierra y la cuestión social. Asimismo, en una carta dirigida a su amigo Rafael Altamira, prometía un artículo sobre “La hacienda del casino de Binéfar”, destinado al Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, que desconocemos si llegó a publicarse. En esa misiva, una frase definía a la perfección el modelo de financiación del Casino de Binéfar: “Es un eslabón entre la cofradía y lo del 1º de Mayo”.

No sabemos si el Casino Republicano continuó durante muchos años con este particular sistema de financiación. Por mi parte, solo puedo añadir que en mis estudios sobre la industrialización de Binéfar, apareció en las matrículas industriales de 1911 un Centro Republicano situado en la calle Obispo Meseguer (hoy calle Mayor), pero no he podido saber si era heredero directo de ese casino que tanto llamó la atención de Joaquín Costa.


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