vidas

  • . . . la prohibición del aborto constituye una violación grave de los derechos de las mujeres. Así lo han señalado la CEDAW, el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU y el Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo-CIPD. Según estos organismos internacionales, cuando prohíbe el aborto, el Estado se convierte en un auténtico agresor institucional que somete a su control nuestros cuerpos, nuestra sexualidad y nuestra capacidad reproductiva.

    Prohibir el aborto supone una violación del derecho a la vida; el derecho a la salud y a la atención médica; el derecho a la igualdad y la no discriminación; el derecho a la seguridad personal; el derecho a la autonomía reproductiva; el derecho a la privacidad; el derecho a la información sobre salud reproductiva (que incluye la educación sexual); el derecho a decidir el número de hijos y el intervalo entre los nacimientos; el derecho a disfrutar de los beneficios del progreso científico; y el derecho a la libertad religiosa y de conciencia, cuando se hace descarado apostolado desde las instituciones. Y supone, además, y sobre todo, una violación del derecho que tenemos las mujeres (como los demás seres humanos) a no ser sometidas a un trato cruel, inhumano y degradante.

    Por lo demás, la prohibición del aborto discrimina a las mujeres frente a los hombres pues el embarazo y el parto solo les afecta a ellas, especialmente si hablamos de quienes tienen menos medios culturales y económicos para procurarse abortos seguros y legales. La realidad de las madres que quisieron abortar y no pudieron se estudia muy bien en la Universidad de California (UCSF) en el Turnaway Study. Un estudio (“estudio del rechazo”) que muestra cómo estas mujeres han acabado siendo más pobres, sufren más enfermedades y más trastornos mentales, y son más vulnerables frente a la violencia machista.

    María Eugenia R. Palop: «#SeráLey», en eldiario.es ; Madrid : Diario de Prensa Digital, 9 agosto 2018 (extr. La Litera información)

  • El fallecido es un varón de 23 años de la población leridana de Albesa

  • La recaudación está destinada a la investigación del cáncer infantil

  • De momento no hay ningún detenido

  • El ayuntamiento de Binaced reunido en pleno extraordinario y urgente esta tarde, ha decidido suspender los actos para este domingo, último día de fiestas

  • Intenso fin de semana del Club Litera de Binéfar, en el que ha destacado el recuerdo del amigo Lorenzo Sierra

  • En el año 133 antes de nuestra era, el último rey de Pérgamo, Átalo III, al morir sin descendencia, lega su reino y sus vastas posesiones –ciudades y campos, tesoros, esclavos y ganado– a la lejana república de los romanos, el nuevo imperio que, apenas trece años antes, se ha hecho con el dominio de Macedonia y de la vieja Grecia continental. Desconocemos los motivos de esa extravagante decisión testamentaria (que debió de coger de sorpresa a los mismos romanos, que andaban enzarzados a la sazón en la enconada lucha de clases que suscitaron las reformas sociales de Tiberio Graco), pero sabemos que no fue acatada unánimemente. En la pequeña ciudad portuaria de Leucas, un oscuro pariente de la casa real, Aristonico, se proclama rey bajo el nombre de Éumenes III y empieza a juntar una hueste de voluntarios para resistir contra los nuevos amos. Lo cual, desde luego, no pasaría de ser un episodio más de las interminables luchas dinásticas de la época, si no fuera por el insólito empeño revolucionario de ese movimiento que las escuetas noticias de los historiadores antiguos nos dejan entrever. Aristonico, desde el inicio de su azaroso reinado, decreta la liberación de los esclavos; éstos, junto a los pobres del campo y de las ciudades, formarán el grueso de su ejército, al que luego, avanzando tierra adentro, se sumarán las tribus bárbaras de Misia y Caria, que desde generaciones atrás venían resistiendo a la dominación griega. Los combatientes de ese singular ejército libertador se llaman a sí mismos heliopolitas, ciudadanos de la Ciudad del Sol, de una sociedad sin amos ni esclavos.

    En un espacio de una o dos generaciones, la explotación masiva del trabajo de esclavos había alterado profundamente los modos tradicionales de vida de las poblaciones mediterráneas, desde la península ibérica hasta el Asia Menor; y las industrias punteras –como hoy se diría– del nuevo modo de producción, las que mayor número de esclavos congregaban en todo el Este mediterráneo, eran las fábricas manufactureras, los latifundios y las minas de los reyes de Pérgamo. Ante la competencia imbatible de las nuevas industrias esclavistas, los pequeños campesinos y artesanos libres se veían abocados a la ruina y la penuria, agravadas por el perpetuo temor de quedar reducidos a la esclavitud ellos mismos, ya fuera como prisioneros en las incesantes guerras entre los Estados, o por decisión judicial, al no poder pagar sus crecientes deudas, o por caer en manos de las bandas profesionales de cazadores de esclavos que asolaban el Asia Menor, con la complicidad interesada de los reyezuelos locales y de los emisarios de Roma, el nuevo imperio que absorbía a cientos de miles de deportados en los grandes latifundios esclavistas de Sicilia y del sur de Italia . . .

    Luis-Andrés Bredlow: «133 a.n.e. Asia Menor. La insurrección de los heliopolitas», en Quim Sirera y otros (coords.): Días rebeldes. Crónicas de insumisión ; Barcelona : Octaedro, 2009, p.24~27 (extr. La Litera información)

  • Teresa Pallás, concejal de Juventud, entregó ayer los diplomas a los chicos que han seguido este programa

  • Andrés Borge Martín tiene 16 años, acaba de terminar 1º de Bachiller en el IES Sierra de San Quílez de Binéfar y el próximo año jugará en la División de Honor del Zaragoza

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