. . . en el trance en que el mundo los tiene de aceptar el principio de realidad, de someterse por su propio bien futuro a las ideas que los mayores les inculcan, suena una voz que a cada una de esas ideas dominadoras pregunta “¿Qué es?” y descubre razonando amablemente las contradicciones y mentira de que están formadas, y eso es como un aliento de liberación en que aletean, aunque sea un breve rato, sus corazones . . .

Luego los muchachos suelen hacerse mayores, y empiezan a creer a su vez en cosas, en el ideal nacional-sindicalista o en la Democracia, por ejemplo, y a ocupar sus puestos y destinos, y entonces eso de sócrates les estorba . . .

Es una pena que los oyentes de sócrates tengan en su mayoría que ser siempre tan inexpertos y jovenzuelos y, desde luego, esto de la sucesión de generaciones y que, aunque la voz siga sonando siempre, esos jovenzuelos tengan que ser a cada paso otros y otros, no es un procedimiento nada satisfactorio ni para quedarse tan conformes, pero el tinglado así lo condiciona; y en tanto y no que pasa algo para desbaratarlo y acabar con esas condiciones, lo que sí conviene que notemos es que el truco principal para anular o ensordecer las razones es el de confundir la voz de sócrates con la figura histórica de Sócrates, y para no oírlas, platicar mucho de las anécdotas de su juicio y su condena y muerte bajo las piedrecillas de los votos negros de la mayoría democrática de un Jurado de la vieja Atenas.

Agustín García Calvo: «¡Viva Sócrates!», en El País ; Madrid : Ediciones El País, 10 abril 1989 (extr. La Litera información)


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