La pobreza . . . se convierte en un problema de los pobres, que no emprenden, no aprovechan sus oportunidades y no se conducen como deben. Esta concepción del individuo justifica que las políticas sociales dejen de tener como objetivo la protección y tomen como objetivo central disciplinar a esos individuos que no han gestionado adecuadamente su vida. De este modo se produce una progresiva unión entre política social y política penal, entre pobreza y delito.

Paralelamente, el Estado se retira del ámbito social, se desentiende de sus ciudadanos y se vuelca en garantizar los intereses de los grandes agentes económicos. No es que el estado gobierne para el mercado, sino que ambas entidades se fusionan y el mercado gobierna desde el Estado. Las lógicas se unifican y una supuesta racionalidad económica lo impregna todo. Desde esta racionalidad el Estado justifica el abandono de su papel como garante de los derechos de sus ciudadanos.

Esta lógica parece no ser exclusiva de la actividad estatal, sino que ha pasado a formar parte de nuestras propias mentes . . . Somos capaces de justificarlo todo apelando a ese . . . sentido común ocupado por una racionalidad neoliberal disfrazada de buen juicio económico. Y así dejamos que los cadáveres se amontonen en nuestras fronteras, le vendemos armas a Arabia Saudí, imponemos regímenes disciplinarios disfrazados de asistencia social y, en definitiva, entramos en un juego en el que el fascismo se nos parece tanto . . .

Jesús C. Aguerri: «La razón neoliberal o por qué un día nuestros derechos dejaron de importar», en eldiario.es ; Madrid : Diario de Prensa Digital, 22 octubre 2018 (extr. La Litera información)


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