La actual debilidad política de los progresistas tiene mucho que ver con su rendición intelectual, cultural y moral de las últimas tres décadas; con su aceptación, más o menos entusiasta, más o menos resignada, de los marcos y postulados de la contrarrevolución conservadora de Reagan y Thatcher. Por ejemplo, la izquierda parece haber olvidado que no toda propiedad es sagrada, algo que ya señalaba Robespierre durante la Revolución Francesa citando el caso de los dueños de esclavos. O que la ley es un producto humano, no divino, y puede ser interpretada por los jueces y hasta reformada o abolida por los políticos.

Hubo un tiempo en que la izquierda también se hacía una pregunta vieja como la misma humanidad: ¿es legítimo robar en caso de extrema necesidad? Es obvio que no estoy hablando de robar al trabajador, al pensionista, al pequeño comerciante. Estoy hablando de aligerar el peso de las carteras de los ricos, de las grandes fortunas personales y las grandes empresas multinacionales. Escribo esto y de inmediato me pregunto si no caerá sobre mí el peso de la Ley Mordaza tan solo por hacerlo. Vivimos un tiempo en que la expresión de determinados pensamientos puede llevarte al calabozo. Con mucha probabilidad, la fiscalía abriría hoy una investigación para identificar y castigar al autor de ese refrán que pregona que aquel que roba a un ladrón tiene cien años de perdón.

Javier Valenzuela: «El buen ladrón», en tintaLibre n. 61 ; Madrid : Ediciones Prensa Libre, setiembre 2018 (extr. La Litera información)


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