El reclinatorio es un tipo de mueble de rezo, previsto sobre todo para el uso privado. Es una especie de asiento pequeño y bajo, de madera ornamental, equipado con un pasamanos para apoyarse y una pieza acolchada sobre la que arrodillarse.

En el de mi abuela los acolchados eran de una especie de terciopelo, estriado y rojo. El pasamanos o apoya codos, estaba adornado con dos letras mayúsculas resaltadas con chinchetas doradas, la “D” y la “G”. Solo se podía usar arrodillado y yo era el encargado de llevarlo de casa a la iglesia y de la iglesia a casa.

Mi abuela era atea, gracias a los curas y a las monjas, usaba el reclinatorio para meditar y pasar pasajes de su vida en los pocos ratos que sus obligaciones lo permitían; o sea cuando tenía tiempo y ganas. Me decía que no me fiara de los curas ni de las monjas. Sobre todo de los curas que confesaban y que solamente no guardaban el secreto de confesión sino que lo vendían al poder establecido. Sus chivatazos servían para saber la ideología y los escondites de los maridos, su enjuiciamiento por el artículo 33 y su encarcelamiento y fusilamiento. Había que acabar con todos los que no pensaban igual. El fin justificaba los medios y Dios, para eso, lo perdonaba todo.

Ella no perdonó a la persona que provocó el encarcelamiento de su hija mayor y de su nieto de dos años. El reclinatorio, recordaba que ya en su lecho de muerte, la confesó un cura amigo de la familia y ella lo hizo retroceder para rectificar el  “y perdono a todo el mundo” para cambiarlo por el ”a todos menos al que metió a mi nieto en la cárcel”. Por cierto que el cura anunció que igualmente le administraría la extremaunción. Acusaron a su hija de haber dicho que su hijo, su nieto de dos años, cuando fuera mayor, se vengaría de los que habían provocado el encarcelamiento de su padre que estuvo ocho años en prisión, en tres ocasiones en el corredor de la muerte. No fue ejecutado porque no tenía delitos de sangre. Fue encarcelado en compañía de su cuñado, hermano de su mujer e hijo mayor de la abuela, por ser uno de los principales dirigentes de la Colectividad de Binéfar. Este si tenía delitos de sangre, fue miliciano activista, miembro de la CNT y anarquista. Tuvo que huir a Francia con su mujer y sus tres hijos de diez, ocho y un años, a los que no podía dar de comer en España, a pesar de ser un buen trabajador en la finca de un terrateniente donde era considerado como un encargado, trabajando de sol a sol y sin poder sacar adelante una familia. Los amos solo aparecían en la finca para la matacía de los cerdos, la fiesta del mondongo, donde, acompañados de otros terratenientes, y de orgia en orgía, arramblaban con la partes nobles de los animales y les dejaban el tocino blanco y unas pocas butifarras, morcillas y patacas y marchaban inmediatamente a la capital, sin tiempo ni ganas de afrontar los problemas de los trabajadores y haciendo cada vez más amplias las desigualdades sociales y las clases.

Otra vez en el reclinatorio, pasó por su mente la película de la época de la Colectivización en Binéfar y Comarca, con su hijo mayor y su joven, que fueron responsables de las áreas de agricultura y transporte, respectivamente. Esta época fue la de más progreso y más logros del pueblo. Con sus tres mil habitantes, más o menos, se colectivizaron bienes y servicios, por necesidad y convencimiento. Se construyó un gran hospital, de ámbito comarcal, con avanzados servicios y prestaciones. Allí se implantó la ginecología, que acabó con los partos a domicilio y las comadronas municipales. Igualmente se construyeron unas amplias Escuelas de Enseñanza Primaria y Secundaria, con atención a la Formación Profesional a través de la Escuela de Artes y Oficios, y se compraron unos terrenos adjuntos, para recreo y cultivo de “los huertos escolares” y previsiblemente para una ampliación de las instalaciones. Todo ello bajo la premisa de una enseñanza laica y gratuita. Se dio trabajo a todo el mundo, cultivando las tierras yermas que no atendían los grandes terratenientes, a quienes se pagaba un arriendo, manteniendo su derecho de propiedad. Se atendió y mejoró el bienestar social, contando con la participación ciudadana y mejorando la calidad de vida. Se atendió la venida del ferrocarril y el Canal de Aragón y Cataluña. En resumen se siguió la máxima de Joaquín Costa y su lema “Escuela y Despensa”. Pero eso no interesaba a los ricos y.... estalló la guerra.

Celebró, con lágrimas en los ojos, la salida de prisión de su hija y su nieto, tras veinticuatro largos meses, durante los cuales estuvieron encarcelados el nieto, su padre y su madre. Tres de tres. Y aprovechó para repasar las vivencias que le contaron, del encarcelamiento y comentarlas con él reclinatorio. Sobre todo “las vivencias” de su nieto prisionero. El niño al principio se pasaba largos ratos llorando, lo que le provocó una hernia infantil, reducible con un vendaje bien sujeto que ayudaba a taponar el orificio. Con las monjas lavándose las manos (la cárcel era un colegio de Hermanas de Dios), las madres naturales de los niños, con sábanas usadas, hilo y aguja, fajaban a los niños y, la mayoría de las veces, conseguían salvarlos sin contar con los rezos de las monjas. Eso sirvió para “aumentar” el cariño de la abuela hacia ellas.

 En la cárcel, varias higueras estaban al alcance de las reclusas y con sus ramitas secas, sabanas inservibles por el uso y otros artilugios, hacían fuego para calentar sopas y papillas. Las hojas de las higueras repelen los piojos y para liberar a los niños de ellos y sus amigas las liendres, por la noche los acostaban sobre mantas en el suelo, juntitos, bien lavados y frotados con agua y sin bálsamo Bebé, que los aislaban. Los guardias civiles, sobre todo uno que no era tan malo como los otros, acercaba hojas y leña a las madres, hasta que fue descubierto “in fraganti” y nunca más se supo, aunque.. se oyeron los disparos. Cuatro más uno. Sustituidos estos, por monjas con pistolón y crucifijo y las ramas y hojas de higuera por rezos,  volvieron piojos y liendres a campar más a sus anchas. La habilidad de la madre para fajar al niño le curó la hernia y poco a poco se fue adaptando y hasta le hacía ilusión formar en cabeza de la fila para recoger el “menú del día”. Sin que nadie le enseñara, le sacaba la lengua a la monja y suerte que no le vio o no lo quiso ver ¿gracias a Dios?. Entró entonces en prisión una mujer a punto de parir y le propusieron cambiarle el hijo por su libertad. Por consejo de sus nuevas y veteranas compañeras que la convencieron diciéndole que no tendría libertad sino paredón, no aceptó y la condenaron a que se arreglara ella con el parto. Le ayudaron sus compañeras, parió en el suelo y allí el niño vino al mundo. Otra mujer que tampoco cree, con reclinatorio o sin reclinatorio.
“Homes, no” repetía su nieto al salir de la cárcel, tras dos años conviviendo sólo con mujeres.

El reclinatorio se quedó sin mi abuela cuando ésta se fue a “ninguna parte”, y él también debe estar en ninguna parte, aunque posiblemente pudieron cambiarse las letras D y G de chinchetas doradas. Donde no ha vuelto es a su casa. Menuda es la iglesia para devolver algo, como le dijeron a Sancho. No lo hacen ni entre ellos, ni aunque lo mande el Papa. Aunque qué más da. El pobre ya hizo bastante “aguantando” a la abuela. Requiescant in pace. Así sea.


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