La crisis catalana ha sido la excusa perfecta para que eclosionaran emociones, sentimientos, actitudes o ideas que hasta ahora solo se exhibían en privado. Hemos visto odio, cerrilismo y mezquindad en independentistas y unionistas. En ambos lados quienes tenían poder han abusado de él. Pero no hablemos de las pensiones.

Bien es cierto que, ya antes de esta salida del armario, muchos actos de nuestras promujeres y nuestros prohombres difícilmente podían explicarse fuera de ese marco sicológico. Pero la toma de posición militante de intelectuales y famosos, medios de comunicación, reyes y honorables ha convertido esta narrativa en a la vez políticamente correcta y mainstream. Nosotros somos los buenos y los otros son los malos; si no estás conmigo estás contra mí; y al enemigo, ni agua. Pero no hablemos de libertad de expresión.

Poco importan las razones de unos y otros: ninguna justificaría la soberbia, el encono, el desdén o el insulto –lo que los antiguos llamaban hibris, la más humana entre las causas de tragedia. Los historiadores del futuro preferirán los catálogos de ferretería a los periódicos como fuente para entender estos tiempos convulsos. Pero no hablemos de la corrupción.

La estrategia de enfrentar entre sí a las gentes de este país tiene larga tradición; por no remontarnos a crónicas más sangrientas, recordemos las soflamas de Rodríguez Ibarra, a Pujol transfigurando la querella por Banca Catalana o a Rajoy recogiendo firmas contra el Estatut. Aquí los independentistas apenas serían los pardillos que han picado en un juego de trileros. Lo triste es que todos estos aprendices de brujo nos hacen retroceder mucho, a un enfermizo imaginario infantil donde no cabe la razón. Pero no hablemos de desigualdad.


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