Los "teruelinos" y su importancia en el desarrollo de La Litera

En 1917, hace ahora un siglo, la comarca de la Litera había conocido ya a los pioneros de un movimiento migratorio que fue decisivo para su desarrollo como comarca ganadera: los turolenses o, como ellos mismos se definían, teruelinos.

Fueron cientos de familias las que, procedentes sobre todo de las Serranías Orientales Turolenses y especialmente de las comarcas del Maestrazgo y del Bajo Aragón, se instalaron en nuestra comarca, contribuyendo a su enriquecimiento y alterando su paisaje. A falta de estudios rigurosos y de acuerdo a la tradición oral, la primera en llegar fue la familia Blasco, procedente de Las Parras de Castellote, a la que siguió la familia Mallén, llegada desde Villarluengo. [figura 1]

La literatura migratoria siempre ha confirmado la gran importancia que ha tenido, en estos desplazamientos de desenlace incierto, el contacto con personas procedentes de las propias aldeas o ciudades, encargadas de proporcionar las primeras ayudas, informaciones, contactos e incluso alojamiento. Esta corriente no fue una excepción, por lo que poco a poco, durante las siguientes décadas y gracias a la experiencia de estos pioneros, acabaron también instalados en la Litera hermanos, primos cercanos y lejanos, vecinos y familias políticas, por lo que el espectro de localidades de origen se amplió a otras muchas: Cantavieja, Mirambel, Mas de las Matas, Molinos, Las Cuevas de Cañart, La Iglesuela del Cid...y también a poblaciones de otras comarcas limítrofes de Teruel e incluso de comarcas colindantes de la vecina provincia de Castellón.

¿Cuáles fueron las causas de esta emigración?

La mayoría de estos pioneros eran, en su tierra natal, masoveros, o lo que es lo mismo, habitantes de mases o masías. Los mases eran explotaciones tradicionales compuestas por una casa, habitada por la familia titular de la explotación (que no era necesariamente propietaria de la misma), con las dependencias necesarias para la actividad agropecuaria y tierras dispuestas en torno a la misma. Se trataba de una explotación con elevado grado de autoconsumo, que integraba agricultura y ganadería, y que utilizaba mano de obra familiar.

Los mases, cuyos orígenes provienen de los tiempos de la Reconquista, constituyeron un elemento fundamental para la organización del territorio en el sector oriental del Sistema Ibérico, pero entraron en crisis a finales del s. XIX y comienzos del s.XX, fundamentalmente por una expansión demográfica que ni las contiendas bélicas (guerras carlistas) ni el bandolerismo, consiguieron frenar. A ello se unió un proceso de concentración de la propiedad, que supuso el endurecimiento de las condiciones de arrendamiento de las masías, de tal manera que en los frecuentes años de malas cosechas, resultaba muy difícil garantizar el sustento familiar.
Muchos emigraron, y no solamente a la Litera, fueron frecuentes las partidas hacia países americanos, especialmente Argentina, y también hacia ciudades como Zaragoza, para integrarse como mano de obra en el sector secundario.

Un caso particular de esta emigración fue la debida a la construcción del pantano de Santolea, que privó de sus tierras a sus habitantes, algunos de los cuales se instalaron en nuestra comarca, especialmente en Binéfar y Esplús. Silvia Isabal teruelinos articuloJuan Mallén Nager y Antonia Monserrate Fuster

¿Qué les ofrecía la Litera?

La construcción del canal de Aragón y Cataluña supuso un importante cambio en la estructura de propiedad de la tierra. Tras apoyar de forma activa su construcción, las grandes familias terratenientes de la Litera se vieron incapaces de costear los procesos de adecuación de sus tierras al regadío, por lo que en muchas ocasiones tuvieron que vender parte de sus tierras para conseguir liquidez. Por otra parte, la imposibilidad de conseguir una mano de obra que les permitiera llevar las tierras de forma personal, les empujó también a recurrir a contratos de aparcería y arrendamiento.
De esta forma, los teruelinos que contaban con algunos ahorros, pudieron hacerse con lotes de tierra a precios muy interesantes en la nueva zona regable, mientras que otros, la mayoría, se instalaron como aparceros, aunque siempre con el sueño de llegar a ser propietarios de su propia explotación, algo que la mayoría consiguió.
Con el tiempo, el efecto llamada implicó también la llegada de profesionales atraídos por las oportunidades: albañiles, carpinteros o herreros, de los que se pueden destacar, por su trayectoria industrial en Binéfar, a la familia Lombarte y a la familia Borraz.

¿Cómo llegaron?

Estas familias llegaron en carros tirados por caballerías en un viaje de no menos de tres días, en los que dormían donde les encontraba la noche. Además de útiles de labranza, ropa y menaje, no fue infrecuente que llevaran también un cerdo cebado que garantizara el sustento en los primeros meses. Los pioneros pasaron sus primeros días en la Litera en almacenes y locales provisionales, a la espera de un lugar donde instalarse de forma definitiva.

Una vez instalados, recrearon el modo de vida de su tierra natal. Los mases fueron sustituidos por torres, que se convirtieron en explotaciones agropecuarias con un claro componente de autoabastecimiento y en el que trabajaba toda la familia de forma dura, sin distinción de edad o sexo. Acostumbrados a vivir en hábitats dispersos y en condiciones climáticas extremas, los teruelinos se adaptaron fácilmente a sus nuevos destinos, donde hicieron gala de un carácter austero y trabajador, sin importarles la falta de comodidades que implicaba el medio rural frente a unas poblaciones que por aquellas fechas ya contaban con electricidad.

Concebían a la torre como un instrumento de trabajo al que había que sacar el máximo rendimiento posible, por lo que en él no cabían lujos ni elementos superfluos. Un claro ejemplo de este carácter lo constituye el hecho de que cuando llegó Juan Mallén, que había sido tratante de ganado y poseía unos ahorros que quería invertir en tierras, le ofrecieron una finca cercana a Binéfar que acabó rechazando, ya que temía que a sus hijos les resultara demasiado fácil hacer fiesta en el pueblo, por lo que acabó adquiriendo tierras en La Vispesa, en el término de Tamarite de Litera y a bastantes kilómetros de cualquier núcleo habitado.

Los teruelinos siguieron manteniendo su gastronomía, sus supersticiones y sus costumbres. Autosuficientes en el consumo, también lo eran en la diversión, que se concretaba en los bureos. Estos congregaban al caer la noche a los habitantes de la propia torre y de las torres vecinas en ocasiones especiales como la matanza del cerdo, y en esas reuniones alternaban bailes, canciones, juegos y bromas. A pesar de todo, hay que remarcar que los antiguos masoveros se mantuvieron en la Litera mucho menos aislados que en sus comarcas de origen, por lo que pronto se integraron en la vida social de los pueblos adquiriendo o construyendo casas, participando en asociaciones y festejos e incluso emprendiendo negocios.

¿Cuál fue su aportación?

Gracias a la concepción de sus torres como explotaciones agropecuarias que integraban agricultura y ganadería, resultaron fundamentales para impulsar la actividad ganadera en la zona, aprovechando la gran demanda de animales de tiro para labor y de proteína animal por parte de las grandes ciudades. Tras el duro período de posguerra y fruto de la creciente demanda de carne, las siguientes generaciones supieron adaptarse a las demandas del mercado introduciendo nuevas variedades e incorporando modernas técnicas de alimentación y estabulación, por lo que se convirtieron en agentes activos del proceso que ha llevado a la ganadería a ser uno de los motores económicos de la comarca.

Leyenda de las dos fotografías:

Figura 1: Juan Mallén Nager y Antonia Monserrate Fuster
Figura 2: La familia Giner en Santolea. Salvo las figuras centrales que corresponden al patriarca, Manuel Giner, su hija Generosa y el hijo de esta, ambos residentes en Argentina, todos acabaron viviendo en Binéfar.

Las imágenes son propiedad de Silvia Isabal Mallén


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