La planificación financiera a largo plazo de las familias españolas es el gran olvidado de las finanzas familiares.

En efecto, ésta queda rezagada con frecuencia detrás del “llegar a fin de mes” para las familias más modestas y los que viven al día a día y el “preservar los ahorros acumulados” de aquellos con mentalidad conservadora (la mayoría). 

Si deseamos mantener nuestro nivel de vida actual cuando nos jubilemos, poder financiar una educación universitaria a nuestros hijos o comprarnos una segunda residencia, por ejemplo, deberemos “traducir” dichos objetivos vitales en objetivos financieros como “tener una renta de 2000 euros al mes durante 20 años, dentro de 30 años” podría serlo para un adulto de 40 años que planifica su jubilación.

Toda buena planificación pasa por evaluar el punto de partida, en nuestro caso el balance patrimonial familiar (deduciendo lo que debemos de lo que tenemos) y el presupuesto anual (nuestros ingresos y gastos). Dicho ejercicio, que nos permitirá conocer nuestro patrimonio neto y nuestra capacidad de ahorro, conviene realizarlo anualmente o con más frecuencia si hay cambios importantes en nuestra situación.

Sabiendo a dónde queremos ir (objetivos financieros), por un lado, y conociendo nuestro punto de partida (situación patrimonial y presupuesto anual), por otro lado, estaremos en medida de empezar a reflexionar en las inversiones más apropiadas para obtener la rentabilidad necesaria para alcanzar nuestros objetivos.
Nótese que hablamos de invertir, es decir de asumir un cierto riesgo para hacer crecer el capital invertido. Si nos limitamos a ahorrar, con la preservación de nuestro capital como objetivo principal, el paso del tiempo hará que la inflación erosione nuestros ahorros (y más en un entorno como el actual de tipos de interés al 0%) y, de no tener un patrimonio neto o una capacidad de ahorro extraordinarios, muy probablemente no podamos alcanzar nuestros objetivos o debamos revisarlos a la baja substancialmente. A título ilustrativo, un capital de 100.000€ al cabo de 20 años se transformará, en función de la rentabilidad anual obtenida, en 122.019€ (al 1%), en 219.112€ (al 4%) y en 386.968€ (al 7%), es decir unas rentabilidades acumuladas del +22%, +119% y +287%. Y si descontamos una inflación anual del 2,5% para tener en cuenta nuestro poder de compra, entonces las rentabilidades reales acumuladas respectivas son de -26%, +35% y +141%.

El riesgo asumible dependerá de diferentes factores, siendo el horizonte de las inversiones asociadas a cada objetivo, tal vez, el más importante; cuanto más a largo plazo invirtamos, más riesgo podremos asumir (pues nuestras inversiones tendrán más tiempo para recuperarse de malas rachas). Por ejemplo, alguien que invierte a más de 10 años un capital del que no necesita disponer durante ese periodo encontrará pocas inversiones más rentables que la renta variable (acciones); eso sí, siempre diversificando por geografías y sectores (con fondos de inversión, por ejemplo) y nunca apostando todo a una carta. Pero si la persona en cuestión no desea asumir riesgos deberá replantearse sus objetivos a la baja, tanto más cuanto más lejano sea el horizonte de inversión, debido al dramático efecto del interés compuesto con el paso del tiempo que hemos ilustrado anteriormente.

Retomando altura: tómese un tiempo para reflexionar, defínase objetivos vitales y evalúe las implicaciones prácticas de los mismos; al fin y al cabo, su patrimonio está para servir dichos objetivos y la acumulación de capital no es un fin en sí mismo, ¿no? Y si las inversiones financieras no son santo de su devoción o desea profesionalizar su gestión de las finanzas familiares, considere hacerse acompañar por un asesor financiero independiente con competencias en planificación financiera.

Ramiro Bergés Miranda
Planificador Financiero y Patrimonial Independiente


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