De nada sirve culpabilizarse o culpabilizar a otros, la navidad es, ni más ni menos, el reflejo aumentado de lo que la sociedad hace el resto del año

Llegan las navidades, las largas comilonas y los atascos, los paseos alocados y cargados cual burro en busca de regalos o “detalles”, jornadas absolutamente agotadoras que nos suelen dejar, a nivel individual, entre tanta bolsa y paquete, una amarga sensación de vacío, y a nivel colectivo, un planeta más agotado si cabe. Y es que vivimos una extraña paradoja: estamos insertados en un marco, la sociedad de consumo de masas, que nos mantiene insatisfechos, degrada el planeta, pero del que es casi imposible escapar.

“Asaltamos los centros comerciales de una manera totalmente acrítica”, comenta Charo Morán, la responsable de consumo de Ecologistas en Acción. En estas fechas, no nos preocupamos por la trazabilidad de los productos, ni por su huella ecológica, ni por el agotamiento de las especies ni por la explotación laboral de aquellas personas que los producen. Tampoco por la explotación de aquellas que nos los venden. ¿Pero esto nos es ajeno el resto del año? En realidad, no. Vivimos en un sistema económico de corte capitalista neoliberal, en la llamada sociedad del consumo, y el discurso del consumo “es el discurso de la soberanía individualista. En el propio discurso neoliberal nadie se tiene que meter en lo que tú consumes, primero, y segundo, si es legal se consume, punto. No hay más repercusiones sociales que esa. El consumo, por definición, individualiza”, afirma Luis Enrique Alonso, catedrático de sociología y autor del libro La era del consumo. Desgraciadamente, la Navidad no es un periodo aislado en el calendario. Aurora Moreno, periodista del colectivo Carro de Combate, afirma que “el consumo de Navidad es un reflejo de lo que hacemos el resto del año”.

Además, las fiestas navideñas están barnizadas por una pátina de amor en la que el consumo acrítico, vinculado al deseo, está justificado. Generalmente, los frenos racionales al consumo suelen ser la renta disponible y la funcionalidad de los objetos, pero esa pátina de amor justifica que nos los saltemos. “El consumo en Navidad es la ritualización del vínculo social. Celebramos que somos parte de grupos y esto produce un consumo ritualizado que desdramatiza el hecho de consumir. Es un caldo de cultivo psicosocial perfecto para evitar los frenos y cautelas del resto del año”, afirma Alonso.

AQUÍ SE CONSUME, Y MUCHO

Según el estudio de Deloitte sobre consumo navideño en 2018, España es el país de la Unión Europea que más gasto medio esperado tendrá estas Navidades, 601 euros por hogar frente a los 541 de Italia y los 476 de Alemania. La media del año pasado fueron 585 euros de gasto real. Este año se espera un 2,7% más de gasto, que no se financiará gracias a los salarios, estancados desde hace años. Lo que sí ha aumentado es el crédito al consumo, y con él la morosidad, tanto que el Banco de España ha emitido varios comunicados alarmado y pidiendo a los bancos que frenen su ansia prestamista en busca de intereses y comisiones. “El consumo no solo no se está reduciendo, sino que se está incrementando. Las compras empiezan ya con el Black Friday y se extienden hasta el día 5 de enero por la noche. La gente piensa que, si empieza ya, va a gastar menos, pero al final acaba consumiendo casi el doble”, comenta Moreno.

“En el propio discurso neoliberal nadie se tiene que meter en lo que tú consumes, primero, y segundo, si es legal se consume, punto. El consumo, por definición, individualiza”, afirma Luis Enrique Alonso
Si bien es cierto que los informes de algunas de estas consultoras hay que cogerlos con pinzas, también lo es que la economía española ya ha recuperado el nivel de PIB de antes de la crisis pero, como es bien sabido, de la mano de un aumento insoportable de la desigualdad. Una muestra más de esta última es justamente que el consumo de los hogares no ha recuperado los niveles previos a la crisis y, según estimaciones del Banco de España, no lo hará hasta 2020. Lucía Vicent, investigadora de mercado de trabajo y género, afirma que “hay una percepción de que en los últimos años la recesión ha terminado, se ha crecido en términos de PIB, los niveles de confianza se han mantenido y van a incrementar este año, y eso parece que da cierta confianza a los niveles de consumo. Sin embargo, los datos del PIB desde 2016 hasta ahora demuestran que vuelve a haber un cierto estancamiento”. Así, concluye Vicent, la realidad es que “la gente sigue cobrando lo mismo o menos y está perdiendo poder adquisitivo, a pesar de que el aumento de la desigualdad justifica que haya parte de la sociedad que sí ha mejorado su nivel de compra, pero es minoritaria”.

HASTÍO Y CONSUMO

El problema que se plantea es que el consumo desaforado tiene consecuencias negativas tanto a nivel individual como colectivo. Frustración, culpa, sentimiento de insatisfacción. Estas son las sensaciones que nos invaden cuando, una vez adquiridas todas las compras, volvemos a casa y pensamos en la cantidad de cosas que no necesitamos. Los objetos nunca van a satisfacer las expectativas que nos hemos marcado, ya que dichas expectativas no son fruto de un proceso racional, sino que están vinculadas a lo inmediato. “El mundo del consumo y del deseo están muy relacionados y el aparato publicitario, de manera muy sutil, lo que hace es que las aspiraciones y los deseos vitales estén relacionados con el consumo. Esto genera una idea muy fuerte de que la fiesta es el consumo y nadie te la va a aguar”, afirma Alonso.

El consumo se vive como una vía de escape individual, una zona de huida fácil a los problemas de la vida cotidiana, ya que, mientras compramos, pensamos menos. No pensar es, de hecho, la primera razón esgrimida por las personas para justificar sus compras. “Consumir es una satisfacción social donde lo irracional y lo compulsivo mandan. Tiene funciones aparentemente terapéuticas que luego se convierten en frustración”, afirma Luis Enrique Alonso. “Después de las Navidades nos sentimos muy cansados. Antes de Navidad te lo han prometido todo y te has autoprometido todo, y después, pues ha sido como otra cualquiera. Para los consumidores más desprotegidos, adolescentes o niños, por mucho que les regalen, nunca se va a cumplir con la lógica del deseo que se han puesto. Hay cierta sensación de frustración. Para públicos más maduros la sensación es de hastío. Todo el mundo protesta pero todo el mundo lo hace”, comenta Alonso.

LOW COST Y LOW “JOBS”

Uno de los argumentos a favor que esgrimen los defensores del modelo de consumo actual es que este está directamente vinculado al empleo. Las previsiones de este año están en torno al millón de puestos de trabajo. Aunque es una previsión alta, la cifra está por debajo de otros años.

“El consumo siempre se asocia a la evolución de la producción. En el caso concreto del momento actual vemos cómo el deterioro que se produce en el ámbito de la producción, como la precarización de las relaciones laborales, tiene en el ámbito del consumo un correlato, que es el low cost. Y viceversa, el consumo low cost alimenta las relaciones laborales precarias”, afirma Santiago Álvarez Cantalapiedra, director de FUHEM Ecosocial.

El empleo que se crea es generalmente en servicios, “y, sobre todo, en servicios de baja cualificación”, comenta Lucía Vicent. Se crea en sectores como la distribución, comercialización, teleoperadoras, ecommerce (compras por internet) y se crea en las grandes ciudades, ya que es donde se genera la mayor cantidad de consumo”. Generalmente, el trabajo estacional suele seguir una pauta poco halagüeña. El empleo en Navidad es “precario, tiene una incidencia de bajos salarios más alta, alta tasa de trabajadores pobres, temporalidad y parcialidad”, afirma Vicent. “Esas modalidades de trabajo suelen establecer una distribución flexible de la jornada, lo que determina que se realicen muchas horas en horario de tarde, de noche, fines de semana, festivos, etc. Esto, para la conciliación, es fundamental”, puntualiza la investigadora.

Es además, una época en la que las horas de trabajo no remunerado, el llamado trabajo reproductivo, se disparan. Las compras, la cocina, la limpieza, las recepciones familiares suelen recaer sobre las mujeres. “La encuesta de condiciones de trabajo de 2015 demuestra que las principales brechas en el trabajo reproductivo, como la brecha que se produce en las horas de dedicación, coinciden con aquellas actividades que previsiblemente van a aumentar en la etapa navideña: las actividades culinarias, mantenimiento del hogar y las compras y servicios, así como los desplazamientos”, sentencia Vicent.

¿DEJARSE LLEVAR? ¿RESISTIR?

Ya lo dijo Susan George en Otro mundo es posible, si “todos estamos insertados en una sociedad capitalista, y suponer que se puede huir de ella practicando de forma sistemática el consumo alternativo es una locura”. A la eterna activista antiglobalización siempre le pareció absurdo convertir a los consumidores en simples culpables, por moralista y por infructuoso en la lucha contra las principales trasnacionales.

En caso de querer o tener que comprar, lo ideal sería adaptar el regalo a la persona que vayamos a regalar, tratar de reducir envoltorios, comprar productos de proximidad y que cumplan con el criterio de relaciones laborales justas. En realidad, según Charo Morán, “el antídoto al consumismo son entornos afectivos diversos y ricos. Es importante pensar qué puedo regalar sin que sea un regalo mercantil”.

Quizá lo interesante no sea escapar o anhelar otro tipo de navidad, sino profundizar en esas relaciones sociales que nos sirven para despresurizar y relativizar la necesidad de agotarnos en la búsqueda de expectativas demasiado altas. Más o menos como en el resto del año, pero rodeados de muchas más luces.

 


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