recortes de prensa

  • I. Sáenz de Ugarte: «Todos somos terroristas en potencia y la Audiencia Nacional lo sabe»

    Eso cambió en España en 2015 con la última reforma del Código Penal . . . en la que los dos principales partidos nos intentaron convencer de que el Estado era débil y la sociedad estaba en grave peligro a causa de la amenaza inminente del terrorismo yihadista . . .

    Para ello, se amplió la definición de terrorismo . . . Esa nueva concepción pactada por el PP y el PSOE abría la puerta a perseguir conductas que nada tienen que ver con el yihadismo. La herramienta era el artículo 573 del Código Penal que establece que el delito de terrorismo es prácticamente cualquier delito grave . . . que tenga alguna de las finalidades reseñadas en él.

    La primera . . . era esta: “Subvertir el orden constitucional, o suprimir o desestabilizar gravemente el funcionamiento de las instituciones políticas o de las estructuras económicas o sociales del Estado, u obligar a los poderes públicos a realizar un acto o a abstenerse de hacerlo” . . .

    No hay gran movilización de protesta que no pretenda obligar a una Administración nacional, autonómica o local a hacer algo o dejar de hacerlo. Es lo que ocurrió en los años 80 en las manifestaciones contra la reconversión industrial en Sagunto y Ferrol, en las protestas de los mineros asturianos en distintas épocas, en el barrio de Gamonal en Burgos, o más recientemente en Murcia, y en todas las concentraciones para impedir desahucios.

    En muchas de esas movilizaciones hubo hechos violentos de mayor o menor gravedad, y en algunos casos hubo personas que tuvieron que responder por sus actos en los tribunales. Nadie los consideró terroristas . . .

    Ese mismo artículo 573 dicta que “alterar gravemente la paz pública” es motivo suficiente para entablar una acusación por acto terrorista, un concepto tan amplio que nos coloca ante una situación de clara inseguridad jurídica.

    Al final, un acto terrorista en España es lo que la Audiencia Nacional quiera señalar como acto terrorista. Ahora mismo, un corte de carretera –una estampa nada insólita en una democracia– ha pasado a ser un instrumento terrorista . . .

    Iñigo Sáenz de Ugarte: «Todos somos terroristas en potencia y la Audiencia Nacional lo sabe», en eldiario.es ; Madrid : Diario de Prensa Digital, 11 abril 2018 (extr. La Litera información)

  • A. Fernández-Savater: «La destrucción de la empatía»

    . . . En este contexto, la voz de Patricia Ramírez, madre de Gabriel, resonó como salida de otro mundo, cuando en realidad provenía del amor más común que existe: el amor de madre.

    Su mensaje principal: no poner el foco en la rabia y el enemigo, sino en la solidaridad y las “acciones bonitas”. Desplazar la atención hacia los gestos de apoyo que habían “sacado lo mejor de las personas” durante aquellos días. Que lo que permanezca, en el sinsentido absoluto de la muerte de Gabriel, sea el recuerdo cálido del abrazo social. “Porque otras personas lo van a necesitar en el futuro”.

    ¿De dónde sacaba Patricia las fuerzas para no dejarse envenenar por el deseo de venganza? Es la pregunta que le hacían los periodistas una y otra vez, perplejos e impresionados. Y ella respondía siempre lo mismo: “en honor al pescaíto, él no era así y yo tampoco”. Es decir, no es que Patricia haya conservado la “sensatez” y la “cabeza fría”, como si los afectos llevasen directos al odio y la rabia y sólo “la razón” pudiese contenerlos. Es la típica visión masculina. En realidad es justo al revés: la voz de Patricia salía del amor hacia su hijo, del agradecimiento hacia quienes se habían movido por él y del deseo de que su recuerdo no quedase asociado a la rabia vengativa. De los afectos.

    Amador Fernández-Savater: «La destrucción de la empatía», en eldiario.es ; Madrid : Diario de Prensa Digital, 23 marzo 2018 (extr. La Litera información)

  • C, Elordi: «¡Libertad para los presos políticos catalanes!»

    La prisión de los dirigentes catalanes es para el gobierno un motivo de orgullo del que alardea sin reparo. Sin importarle nada que sus afirmaciones al respecto . . . indiquen sin muchos matices que la separación de poderes no existe.

    . . . Siguen violando los derechos más elementales de esos ciudadanos españoles porque si los liberaran no tendrían más remedio que hacer lo mismo con Carles Puigdemont, si éste se presentara al día siguiente en un juzgado. Y una vez realizado ese trámite podría perfectamente aspirar a ser elegido president de la Generalitat. In person.

    Rajoy no puede tolerar eso. Sería la confirmación más humillante del sinsentido de su estrategia frente al independentismo. Que el ex-president volviera a su despacho después de una elecciones que Rajoy convocó –con la intención, se supone, de doblar el espinazo a Puigdemont y a los suyos– sería una vergüenza. Ahí sí que Ciudadanos haría sangre.

    Carlos Elordi: «¡Libertad para los presos políticos catalanes!», en eldiario.es ; Madrid : Diario de Prensa Digital, 9 febrero 2018 (extr. La Litera información)

  • J. Salas: «¿Por qué no cambiamos de opinión aunque nos demuestren que estamos equivocados?»

    La primera impresión es la que cuenta. Cuando nuestro cerebro recibe por primera vez información sobre un asunto —“ese de ahí es Juan, es un vago”— deja grabada una silueta que provoca que todo lo que sepamos desde entonces en ese ámbito tenga que encajar en ella. Los humanos vivimos en un relato, necesitamos que las piezas encajen, y por eso nos costará tanto asumir en el futuro que Juan es un currante. “Es como una mancha”, explica la psicóloga Dolores Albarracín, “es mucho más fácil ponerla que eliminarla después”. Si esa mancha forma parte de nuestra visión del mundo, nuestra escala de valores, será casi imposible limpiarla, porque sería como replantear nuestra identidad. Por eso nos cuesta horrores cambiar de opinión: los hechos deben encajar en la silueta o ni siquiera los tendremos en cuenta.

    Cada vez más estudios muestran las limitaciones de la razón humana. En ocasiones se ignoran los hechos porque no se adaptan a lo que pensamos. La verdad no siempre importa. Hace justo un año, se realizó una prueba muy sencillita. ¿En cuál de estas fotos ve usted a más gente? En la foto A, de la toma de posesión de Donald Trump, se veía a mucha menos gente que en la foto B, de la inauguración de Barack Obama, llena hasta la bandera. El 15% de los votantes de Trump dijo que había más gente en la foto A, un error manifiesto. ¿Tienen un problema de visión, alguna carencia cognitiva, para llevarle la contraria a un hecho tan evidente? Es más sencillo: a veces, cuando discutimos sobre hechos, en realidad no estamos discutiendo sobre los hechos. Ese 15% sabe que dar la respuesta B es reconocer que Trump es un mentiroso y, por tanto, admitir que han votado a un mentiroso.

    Javier Salas: «¿Por qué no cambiamos de opinión aunque nos demuestren que estamos equivocados?», en El País, n. 14 812 ; Madrid : Grupo PRISA, 28 enero 2018 (extr. La Litera información)

  • Y. Varoufakis: «La globalización se ha atascado. ¿Qué pasará cuando se desatasque?»

    . . . los ahorros per cápita de la humanidad se encuentran en el nivel más alto de la historia. Sin embargo, nuestros niveles de inversión (especialmente en lo que la humanidad necesita, como energías alternativas) son particularmente bajos. En los Estados Unidos, enormes sumas se acumulan en las cuentas de empresas y de particulares sin utilidad productiva, mientras que la gente sin buenos empleos está ahogada por las deudas. En China, unos ahorros cercanos a la mitad de todos los ingresos conviven con la mayor burbuja crediticia imaginable. Europa es aun peor: hay países con superávits comerciales gigantescos sin posibilidad de invertirlos en su territorio (Alemania y los Países Bajos), países con déficits y sin capacidad para invertir en perentorias necesidades de mano de obra y capital (Italia, España, Grecia) y una zona euro incapaz de mediar entre ambos tipos de países porque carece de las instituciones de tipo federal que podrían hacerlo.

    . . . nuestros problemas son globales. Como el cambio climático, requieren acción local pero también un nivel de cooperación internacional desconocido desde Bretton Woods. Ni Norteamérica, ni Europa, ni China pueden resolverlos de manera aislada; ni siquiera mediante acuerdos comerciales. Nada por debajo de un nuevo Bretton Woods puede lidiar con la injusticia tributaria, la escasez de buenos empleos, el estancamiento salarial, la deuda pública y la de las familias, la baja inversión en cosas que necesitamos desesperadamente, el gasto excesivo en cosas perjudiciales, el aumento de la depravación en un mundo inundado de efectivo, los robots que marginan a una parte cada vez mayor de nuestras fuerzas de trabajo, la educación prohibitivamente costosa que se necesita para competir con los robots, etc. Las soluciones nacionales, amañadas bajo el mantra de «recuperar nuestro país» tras fronteras reforzadas, solo pueden traer más descontento, ya que permitirán a nuestros oligarcas-sin-fronteras forjar acuerdos comerciales que abocarán a la miseria a la mayoría mientras ellos ponen a salvo su botín en paraísos fiscales.

    Yanis Varoufakis: «Globalization is stuck in a trap. What will it be when it breaks free?», en theglobeandmail.com ; Toronto : The Globe and Mail, 12 enero 2018 (extr. y trad. La Litera información)

  • Y. Varoufakis, “Globalization is stuck in a trap. What will it be when it breaks free?”

    . . . Humanity's accumulated savings per capita are at the highest level in history. However, our investment levels (especially in the things humanity needs, such as green energy) are particularly low. In the United States, massive sums are accumulating in the accounts of companies and people with no use for them, while those without prospects or good jobs are immersed in mountains of debt. In China, savings approaching half of all income sit side by side with the largest credit bubble imaginable. Europe is even worse: There are countries with gigantic trade surpluses but nowhere to invest them domestically (Germany and the Netherlands), countries with deficits and no capacity to invest in badly needed labour and capital (Italy, Spain, Greece) and a euro zone unable to mediate between the two types of countries because it lacks the federal-like institutions that could do this.

    . . . our problems are global. Like climate change, they demand local action but also a level of international co-operation not seen since Bretton Woods. Neither North America nor Europe nor China can solve them in isolation or even via trade deals. Nothing short of a new Bretton Woods system can deal with tax injustice, the dearth of good jobs, wage stagnation, public and personal debt, low investment in things we desperately need, too much spending on things that are bad for us, increasing depravity in a world awash with cash, robots that are marginalizing an increasing section of our work forces, prohibitively expensive education that the many need to compete with the robots, etc. National solutions, to be implemented under the deception of "getting our country back" and behind strengthened border fences, are bound to yield further discontent, as they enable our oligarchs-without-borders to strike trade agreements that condemn the many to a race to the bottom while securing their loot in offshore havens.

    Yanis Varoufakis, “Globalization is stuck in a trap. What will it be when it breaks free?”, in theglobeandmail.com ; Toronto : The Globe and Mail, january 12th 2018 (excerpt La Litera información)

  • G. Satell: «Por qué van a crecer los incentivos para abordar problemas difíciles»

    En estas últimas décadas nos hemos centrado en la agilidad y la iteración porque la tecnología ha sido bastante estable. Cada nueva generación de microprocesadores ha ofrecido más potencia y más capacidad, pero funciona exactamente igual que las generaciones anteriores. Los avances en las baterías de litio significaban que nuestros dispositivos podían reducir su tamaño, pero poco más había que cambiar. Hoy, sin embargo, esos viejos y cómodos paradigmas se están agotando. La ley de Moore está cerca de la saturación, y las baterías de litio llegarán a su límite teórico en 5 o 10 años. Estas tecnologías serán reemplazadas por otras todavía mal comprendidas . . .

    Probablemente en el futuro inmediato veremos una nueva era de innovación que se parecerá más a las décadas de 1950 y 1960 (abordar nuevos campos como la astronáutica o los ordenadores) que a los años 1990 o 2000 (aplicar la tecnología anterior y mejorarla continuamente). En buena parte el valor de la innovación se alejará de las aplicaciones y volverá a los problemas fundamentales. Lo cual requerirá un esfuerzo sostenido para afrontar grandes desafíos.

    . . . la tecnología actual permite a las pequeñas organizaciones embarcarse en proyectos ambiciosos: “En el entorno actual de proceso en la nube, software como servicio y datos abiertos, la oportunidad para organizaciones de cualquier tamaño de fijarse grandes retos con inversiones mínimas no tiene precedentes”.

    Independientemente de la forma que adopte —sprints cortos y ágiles o inversiones a largo plazo y grandes desafíos— la innovación consiste básicamente en resolver problemas. Y cuanto mayor sea el problemas abordado, mayor es la rentabilidad potencial. Afrontar un objetivo difícil no mejorará sus resultados el próximo trimestre pero podría elevar su empresa a otro nivel.

    Greg Satell: «Why the Rewards for Ambitious Problem Solving Are About to Get Bigger», en HBR.org ; Boston : Harvard Business School Publishing Corporation, 8 enero 2018 (extr. y trad. La Litera información)

  • G. Satell, “Why the Rewards for Ambitious Problem Solving Are About to Get Bigger”

    One reason for the emphasis on agility and iteration in recent decades is that technology has been fairly stable. Every new generation of computer chips has offered more power and capability but works exactly like earlier generations. In much the same way, advancements in lithium-ion batteries meant that our devices could shrink, but little else had to change. Today, though, those comfortable old paradigms are running out of steam. Moore’s law will soon end, and lithium-ion batteries will approach theoretical limits in five to 10 years. These will be replaced with technologies that aren’t nearly as well understood . . .

    In the coming years we are likely to see a new era of innovation that will look more like the 1950s and 1960s (which were about solving fundamental problems, like space flight and the development of mainframe computers) than it will the 1990s or 2000s (which were more about improving on earlier technology to create applications). In the next few decades, I predict, much of innovation’s value will shift away from applications and back to fundamental problems. That will require greater focus on sustaining efforts to solve grand challenges.

    . . . today’s technology makes the pursuit of ambitious projects far more accessible to smaller organizations: “In the current environment of cloud computing, software as a service, and open data, the opportunities for organizations of any size to pursue grand challenges with minimal capital expenditures is unprecedented.”

    No matter what form innovation takes — short, agile sprints or long-term, grand-challenge investments — innovation is fundamentally about solving problems. And the bigger the problems you choose to tackle, the larger the potential payoff. Pursuing a grand challenge won’t improve your results next quarter, but it might just take your enterprise to a whole new level.

    Greg Satell, “Why the Rewards for Ambitious Problem Solving Are About to Get Bigger”, in HBR.org ; Boston : Harvard Business School Publishing Corporation, January 8, 2018 (excerpt La Litera información)

  • J. Kavanagh, M. D. Rich: 'La descomposición de la verdad'

    . . . las interpretaciones analíticas de hechos y datos evolucionan con los nuevos descubrimientos, la recopilación de nuevos datos o el desarrollo de nuevas tecnologías que permiten reconsiderar incluso teorías bien establecidas. Que nos centremos en la descomposición de la verdad no significa que nos preocupe esta evolución, característica natural e inevitable de la acumulación de conocimientos y del progreso científico. Tampoco debe entenderse como un ataque al escepticismo o al cuestionamiento de interpretaciones analíticas existentes de hechos y datos, actitudes harto saludables. Pero sí nos preocupa el creciente desequilibrio en el debate político y ciudadano entre, por una parte, las posturas fundadas en hechos y en interpretaciones analíticas de hechos y datos y, por otra, las basadas en opiniones y actitudes personales . . .

    Aunque tenemos algunas pruebas de que otras épocas también vieron declinar la confianza en las instituciones, esta tendencia parece ser más pronunciada ahora que en el pasado. La desconfianza en los bancos y las instituciones financieras ciertamente creció en los años veinte y treinta; y la agitación social de los años sesenta y setenta . . . dejó a muchos dudando de la honestidad del Gobierno . . . En cambio, no vemos en ninguno de estos períodos anteriores que aumentara el desacuerdo sobre los hechos o las interpretaciones analíticas de hechos y datos. Esta tendencia aparece hoy en forma de desacuerdo sobre los hallazgos científicos, los datos, las estadísticas y los hechos mismos . . .

    Hemos identificado cuatro posibles factores causales de esta descomposición de la verdad:

    . . . 3. Al sistema educativo se le exigen tantas cosas y tan contradictorias que difícilmente puede mantenerse al día. Mientras el sector de la información se ha complicado, las exigencias contradictorias y los recortes presupuestarios al sistema educativo han dejado la educación cívica, la alfabetización mediática y el pensamiento crítico en la cuneta. Los estudiantes necesitan exactamente esos conocimientos y esas habilidades para evaluar de manera efectiva las fuentes de información, identificar los sesgos y distinguir los hechos de la opinión y la mentira. Esta brecha entre los desafíos del sector de la información y la educación ofrecida a los jóvenes impulsa y perpetúa la descomposición de la verdad, pues contribuye a crear una ciudadanía dada a consumir y diseminar desinformaciones, mixtificaciones o informaciones en las que no se distingue el hecho de la opinión. En este contexto, la verdad se pudre.

    Jennifer Kavanagh, Michael D. Rich: Truth Decay : An Initial Exploration of the Diminishing Role of Facts and Analysis in American Public Life [PDF] ; Santa Monica : RAND Corporation, 2018 (extr. y trad. La Litera información)

  • J. Kavanagh, M. D. Rich, 'Truth Decay'

    . . . analytical interpretations of facts and data evolve with new discoveries, the collection of new data, or the development of new technologies that allow for the retesting of even well-established findings. Our focus on Truth Decay does not stem from concern about this evolution, which is a natural and inevitable feature of knowledge accumulation and scientific progress. Nor is it meant as an attack on skepticism or questioning of existing analytical interpretations of facts and data, which is healthy. Instead, we are concerned with the growing imbalance in political and civil discourse between, on the one hand, trust and reliance on facts and analytical interpretations of facts and data and, on the other, opinions and personal attitudes . . .

    Although we see some evidence that previous eras also experienced a decline in trust in institutions, this trend seems to be more pronounced now than in the past. Distrust of banks and financial institutions certainly grew in the 1920s–1930s, and the social upheaval of the 1960s–1970s . . . left many questioning the veracity of government . . . In contrast, we see no evidence in any of these earlier periods of an increase in disagreement about facts and analytical interpretations of facts and data. This trend appears today in the form of disagreement over scientific findings, data and statistics, and objective facts . . .

    We have identified four drivers, or potential causes, of Truth Decay.

    . . . 3. Competing demands on the educational system that limit its ability to keep pace with changes in the information system. As the information system has become increasingly complex, competing demands and fiscal constraints on the educational system have reduced the emphasis on civic education, media literacy, and critical thinking. Students need exactly this type of knowledge and these skills to effectively evaluate information sources, identify biases, and separate fact from opinion and falsehood. This gap between the challenges of the information system and the training provided to students drives and perpetuates Truth Decay by contributing to the creation of an electorate that is susceptible to consuming and disseminating disinformation, misinformation, and information that blur the line between fact and opinion. In this context, Truth Decay flourishes.

    Jennifer Kavanagh, Michael D. Rich, Truth Decay : An Initial Exploration of the Diminishing Role of Facts and Analysis in American Public Life [PDF] ; Santa Monica : RAND Corporation, 2018 (excerpt La Litera información)

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