. . . Pues, ¿y las muchachas, qué recogidas se criaban, en un santo temor de Dios, sin novelicas, ni óperas, ni zarandajas? Verdad es que eran un poco más hipócritas; pero ¡mire usted qué malo! A lo menos no daban que decir. En el día, los libricos empiezan a alborotarlas los cascos, se acaloran, y al primer querido que concluye la obra que empezaron los libros, ¡paf!, sólo el diablo sabe lo que anda: se le casa a usted, si es que se le casan, poco menos que sin pedirle licencia. Verdad es que yo conocí aun en aquellos tiempos más de cuatro... de las cuales una se escapó con un mozalbete a quien quería, porque la tenían oprimida sus padres; otra cogió una pulmonía que la echó al hoyo en pocos días, de ver al cuyo a deshoras por la reja (porque no se entraban los hombres en las casas de honor con la facilidad que ahora); otra que se aficionó del criado de su casa más de lo que a su recato y buen nombre convenía, porque no veía a alma nacida, y hubo lo que Dios fue servido y se murieron sus padres de pesadumbre; y otra, por fin, se murió ella misma de tristeza en un convento, donde la metieron por fuerza sus padres, llenos de prudencia, por miedo de que se perdiese en el siglo... Sí señor, esto es verdad, porque la carne siempre ha sido flaca; pero tenía usted a lo menos el gusto de saber que no habían sido los libros los que le habían pervertido a aquellas inocentes criaturas . . .

Mariano José de Larra: «La educación de entonces», in La Revista Española, núm. 140; Madrid : I. Sancha, 1834-01-05 (extr. La Litera información)

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